21/08/07

La inseguridad social de sobrevivir en una Democracia Liberal








La mayoría de nosotros pensamos como individuos sin considerarnos integrantes de una sociedad. Para salir adelante confiamos en nuestras fuerzas individuales y desconfiamos de los demás para crear un entorno social más favorable, menos difícil y más satisfactorio.
En esto, hay que reconocerlo, todos somos un poco “liberales”.
Como cuesta tanto subsistir aceptablemente en esta única vida que tenemos, quizás no sea mala idea tener la afición de dedicar cinco minutos semanales a la práctica de pensar en esa democracia en la que nos gustaría vivir. Nada de paraísos utópicos, sólo una realidad sin tantas angustias.
Bien, si le parece una propuesta aceptable, y quiere probar, podríamos comenzar con algo simple, por ejemplo, relacionar estas dos notas periodísticas. La primera, evidentemente teórica, nos habla del trabajo de un sociólogo sobre los temores de nuestra sociedad. La segunda nota, rotundamente práctica, nos describe aquello que vemos cotidianamente.
En unos minutos podemos relacionar teoría y práctica…y quizás nos guste pensar que la mayoría de las personas…no sigo…usted mismo. Aquí tiene las notas:


Bauman y el miedo
Por Darwin Palermo

Se acaba de publicar hace unos días el último ensayo del sociólogo Zygmunt Bauman: Miedo Líquido. La sociedad contemporánea y sus temores (Paidós, 2007). En los últimos años Bauman ha ido estableciendo las coordenadas generales de una crítica de la debilitación del vínculo social en las sociedades postmodernas.

En Miedo líquido Bauman aborda uno de los fenómenos más significativos de nuestro medioambiente ideológico: la generalización de una ansiedad abstracta, un temor difuso tanto a fenómenos sociales –delincuencia , terrorismo, exclusión social o afectiva…– como a catástrofes naturales o calamidades físicas que los medios de comunicación no dejan de retroalimentar.

Bauman realiza un inventario de algunos de los miedos contemporáneos –la muerte, lo inmanejable, los terrores asociados a la globalización…– y avanza una explicación de la novedad de la experiencia del miedo postmoderna y su instrumentalización por los vencedores de la globalización: “Para la élite global, atizar los miedos de la población local (de cualquier población local de cualquier localidad en la que miembros de esa élite hayan decidido hacer escala) en lugar de mitigarlos tiene muy escasos riesgos. De hecho, reconfigurar y reenfocar los miedos nacidos de la inseguridad social global para convertirlos en preocupaciones locales por la seguridad personal parece ser la estrategia más eficaz y, prácticamente, infalible; cuando se aplica sistemáticamente, reporta grandes beneficios con, relativamente, muy pocos riesgos asociados. Ahora bien, el más importante (y con mucho) de tales beneficios es que impulsa a la asustada población a apartar sus miradas de las causas auténticas de su ansiedad existencial”.



Comentario del Blog: Es evidente que a la mayoría de nosotros nos costaría relacionar esta nota con la realidad exacta de nuestras vidas, pero para esto quizás nos ayude esta segunda. Antes, tengamos en cuenta algo, tanto el sociólogo Bauman como el escritor Rosas, piensan "socialmente"...como integrantes de una sociedad...una afición saludable. Vamos allá...



Burbuja de humo
Por Issac Rosa

El discurso catastrofista suele ser una de las formas más inofensivas de crítica. Pero además, con frecuencia se convierte en una maniobra de distracción, intencionada o no, una cortina de humo que permite disimular daños: a fuerza de invocar lo malísimo, acaba siendo aceptable lo malo a secas. La perspectiva del peor de los escenarios nos consuela, cuando el vaticinio negro se incumple, de que las cosas finalmente no hayan salido tan mal como anunciaban, y nos parece bueno lo que sin esa posibilidad de empeoramiento nos habría parecido negativo.

Desde hace algún tiempo el discurso catastrofista de moda en España es el que avisa del próximo estallido de la llamada burbuja inmobiliaria. Llevamos al menos un par de años escuchando las advertencias catastrofistas de un futuro inmediato en el que los precios de los pisos se desplomarán, y toda nuestra ilusión de prosperidad se vendrá abajo: recesión económica, impagos, embargos, bancos y empresas en quiebra, desempleo masivo y, por qué no añadirlo, suicidios masivos de ciudadanos lanzándose desde sus hipotecados balcones. El tiempo pasa y el salvaje estallido no acaba de producirse, pero no bajamos la guardia, en cualquier momento ocurrirá.

¿Y si finalmente no estalla la burbuja? En tal caso -y parece el más probable-, la cortina de humo catastrofista habrá vuelto a triunfar: respiraremos aliviados y nos contentaremos con habernos quedado como estamos. Y mientras tanto, en todo este tiempo habremos mirado hacia otro lado, hacia la enorme burbuja a punto de reventar en el horizonte, y apenas habremos atendido a las miles de pequeñas burbujas que estallaban por todas partes, en miles de hogares donde se ha producido una catástrofe que nadie vaticinó, que ha sucedido poco a poco, con sigilo, y cuya devastación todavía se oculta bajo el humo de la apocalíptica burbuja.

En realidad, sin estallidos efectistas ni dramatizaciones, hace algún tiempo que esas miles de pequeñas burbujas se pincharon, sin ruido apenas, desinflándose poco a poco. El resultado es un escenario que para algunos tal vez sea ideal -y se beneficiarán del mismo-, pero que para la mayoría es de pesadilla. La combinación, hoy presente en tantos hogares, de precariedad laboral, pérdida de poder adquisitivo y alto endeudamiento nos deja una sociedad donde gran parte de la población vive al límite, inmovilizada sobre un alambre en el que más vale no dar un paso atrás ni arriesgar un movimiento extraño, pues la caída será inmediata.

Por un lado, la precariedad laboral. Resulta curioso que, mientras estadísticamente nos acercamos al pleno empleo, la principal preocupación de los españoles siga siendo en las encuestas el paro. La alta temporalidad, la inestabilidad, el abaratamiento del despido, la subcontratación abusiva, la irregularidad, los falsos autónomos, se convierten en norma en una clase trabajadora sobre la que, al mismo tiempo, opera como amenaza el recuerdo de los años en que el desempleo llegaba al 20% de la población.

Por otro, la pérdida de poder adquisitivo. Las explicaciones macroeconómicas -en la línea del debate sobre salarios desarrollado en las páginas de EL PAÍS- no maquillan una realidad percibida con crudeza por tantas familias: el encarecimiento de la vida no ha ido al mismo ritmo que el aumento de los salarios. Mientras la vivienda -un bien de primera necesidad, por mucho que apenas repercuta en el cálculo del IPC- ha tenido sucesivos aumentos anuales superiores al 10%, los salarios crecían a ritmos muy inferiores, y todo tipo de productos y servicios multiplicaban sus precios, al calor del duradero "efecto euro" y otros factores. El sueldo cada vez nos llega para menos, por mucho que lo disimulemos con una mayor capacidad de consumo que, en buena parte, se apoya en esas formas de "consumo basura", toda una sociedad del low cost equiparable a la comida basura: como las hamburguesas franquiciadas, también ciertas formas de consumo son baratas, alimentan y provocan sensaciones placenteras. En nuestro caso, el consumismo es un lenitivo* infalible, pero adictivo.

Y en tercer lugar, el elevado endeudamiento: cuando parece que ya no podemos endeudarnos más, que hemos alcanzado nuestro techo, que ya estamos bastante estrangulados por hipotecas excesivas que en cada medio punto del Euríbor nos ahogan un poco más, he aquí que llegan esas nuevas formas de usura sofisticada, de rostro amable, publicitadas. Prestamistas de nombre atractivo e imagen desenfadada que prometen dinero en mano con sólo una llamada de teléfono, o empresas que nos ofrecen renegociar todas nuestras deudas para sólo tener un acreedor al que, milagrosamente, pagaremos menos. El resultado es una última vuelta de tuerca, asfixiante, que mediante tipos de interés usureros nos encadena de por vida a un pago mensual que tal vez heredarán nuestros hijos, con lo que cerraremos el círculo generacional y haremos realidad aquel chiste del perezoso que prometía dejar de vivir de sus padres el día que pudiese vivir de sus hijos. En efecto, los jóvenes que hoy se emancipan lo hacen en muchos casos ayudados por sus familias -que actúan como avalistas para sus hipotecas y/o facilitan cantidades de dinero-. Esos mismos jóvenes no sólo no podrán actuar de colchón para sus hijos en el futuro, sino que tal vez coloquen una deuda congénita sobre éstos.

El tridente que forman estos factores, precariedad laboral, pérdida de poder adquisitivo y alto endeudamiento, da forma a esa burbuja doméstica que ya ha estallado en muchas casas. Las consecuencias parecen evidentes, aunque a veces queden oscurecidas por el humo de la catástrofe que nunca llega. Trabajadores atemorizados, para los que cada sueldo es decisivo para no ser embargados o desahuciados, se cuidarán mucho de hacer cualquier cosa que pueda poner en riesgo su puesto de trabajo. No digo ya ejercer su derecho de huelga, sino simplemente cuestionar una orden, dependiendo del nivel de presión y de competencia que haya en cada sector y empresa. A otro nivel, para muchas familias un divorcio se convierte, ésta sí, en una auténtica catástrofe económica, que da lugar a una lucha feroz por quedarse con la preciada vivienda, y que está envenenando muchos procesos de separación con hijos de por medio.

Mientras todo esto ocurre, seguimos temiendo por el desastre futuro que, caso de no llegar, nos aliviará y hará buena nuestra situación actual, tras repetir una y otra vez el viejo mantra de "virgencita, que me quede como estoy". Siempre podremos estar peor, claro. Y si la burbuja no estalla, y simplemente se desinfla un poquito y de forma progresiva, descansaremos de su amenaza, y haremos evaluación de daños a la sombra del gran daño que nunca llegó, y tal vez ya seducidos por un nuevo discurso catastrofista que sustituya al vencido. De hecho, puede que este artículo no sea más que otro discurso catastrofista, vaya usted a saber.

Isaac Rosa es escritor. Su último libro es ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! (Seix Barral).
Fuente: El País.es

* Medio para mitigar los sufrimientos del ánimo (RAE)

Comentario del Blog: Bien, hemos concluido con nuestra gimnasia de pensamiento social. Y hay algo que me gustaría apuntar: el habitual modo de “lucha individual” no nos permitirá mejorar la calidad de nuestras vidas. En nuestra sociedad contemporánea debemos pensar en asociarnos a otros para mejorar y potenciar nuestros esfuerzos comunes. Esa es la base de la Democracia que anhelamos. Sigamos con el ejercicio.